La motosierra de Milei y la reconstrucción del Estado
OPINIÓN – Por Eduardo Reina – Especial para DSF
Reducir sin un plan de reorganización puede generar más caos que soluciones. La motosierra corta rápido, pero la reconstrucción requiere tiempo, planificación y, sobre todo, sensibilidad hacia quienes más lo necesitan.
La gestión de Javier Milei puede compararse con un hombre que, motosierra en mano, corta un bosque sin prever las consecuencias a largo plazo. Una sola persona con motosierra puede cortar un árbol y sus ramas, pero necesita de recursos humanos, maquinarias y logística para remover las tonelada de madera que dejó a su paso. Su promesa de “ir con la motosierra” para desregularizar el Estado resonó con quienes buscan un cambio radical, pero su implementación para algunos comienza a plantear dudas económicas para un futuro que exhibe una falta de estrategia integral para gestionar.
Al igual que alguien que despeja un terreno sin preocuparse por los escombros, Milei ha abordado la administración pública con un enfoque simplista. La reducción del tamaño del Estado y la eliminación de regulaciones suenan atractivas para quienes buscan eficiencia y menor intervención, pero cuando estos cambios se hacen con aparente falta de planificación, los efectos colaterales pueden ser devastadores.
Alguna consecuencias ya están a la vista en áreas cruciales como la seguridad social y la economía, donde el Gobierno enfrenta dificultades significativas. El caso de los jubilados es un reflejo claro de cómo las reformas apresuradas pueden afectar a los sectores más vulnerables. Muchos de ellos ven cómo sus necesidades básicas quedan insatisfechas, sin la posibilidad de generar ingresos extra y dependiendo del apoyo familiar para sobrevivir. En un país donde la inflación «antigua» le sacó ventaja a la actualización, sigue golpeando los bolsillos de los más necesitados por falta de una política de contención social que va agravando aún más el problema.
A esto se suma un obstáculo estructural: la falta de recursos humanos y materiales para implementar cambios profundos. El “triángulo de hierro” dentro del Gobierno, donde un pequeño grupo de funcionarios concentra las decisiones, limita la diversidad de ideas y dificulta la búsqueda de consensos. Sin acuerdos políticos y sin capacidad operativa, las reformas corren el riesgo de quedarse a mitad de camino o generar más problemas de los que resuelven.
Las dos bibliotecas de la economía
En el plano económico, la discusión está dominada por dos grandes corrientes de pensamiento.
Por un lado, hay quienes sostienen que el Gobierno debe devaluar para corregir el atraso cambiario que se está generando con la inflación. Argumentan que el tipo de cambio oficial está quedando rezagado frente a los aumentos de precios y que, si no se ajusta, la brecha con los dólares paralelos podría volverse insostenible. Según esta visión, una devaluación ordenada hoy sería menos costosa que un salto brusco en el futuro.
Por otro lado, están quienes defienden el plan de ajuste actual y aseguran que el Gobierno no necesita devaluar. Sostienen que la combinación de equilibrio fiscal y emisión cero está funcionando y que, con la baja de la inflación, el tipo de cambio real se acomodará sin necesidad de una corrección abrupta. Además, advierten que una devaluación podría generar un nuevo shock inflacionario que pondría en riesgo la estabilidad alcanzada hasta ahora. El interrogante central es si este esquema es sostenible sin una corrección cambiaria o si, tarde o temprano, el Gobierno se verá obligado retocar.
Entre la motosierra y la reconstrucción
Argentina enfrenta una encrucijada. No basta con la decisión de cortar lo que se considera innecesario; también es fundamental limpiar el terreno y construir sobre bases sólidas. Si el Gobierno de Milei no logra equilibrar sus ambiciones con la realidad social y económica, las dificultades se multiplicarán.
El problema no es solo el tamaño del Estado, sino su eficiencia. Reducir sin un plan de reorganización puede generar más caos que soluciones. La motosierra corta rápido, pero la reconstrucción requiere tiempo, planificación y, sobre todo, sensibilidad hacia quienes más lo necesitan. Sin una visión más integral, el riesgo es que, en lugar de un país más ordenado y próspero, terminemos con un terreno baldío y lleno de escombros.